Este texto forma parte de la serie «Emprender con calma siendo freelance: alternativas a la soledad»
En 1930 aparecieron en Estados Unidos las novelas protagonizadas por una joven detective de 18 años, inteligente, valiente y extraordinariamente resolutiva. Se llamaba Nancy Drew y, para millones de lectoras, fue una de las primeras figuras femeninas que encarnaba independencia, curiosidad y agencia propia. A lo largo del siglo XX se vendieron más de 80 millones de ejemplares de la serie original clásica y sumando reediciones, nuevas series derivadas, spin-offs y traducciones, la cifra supera los 200 millones de copias en todo el mundo. Las novelas de Nancy Drew han sido traducidas a más de 30 idiomas y se mantuvieron en publicación continua durante más de 90 años, algo rarísimo en literatura juvenil. El fenómeno no se quedó en lo editorial y dio el salto a series de televisión, videojuegos y películas, incluída la protagonizada por Emma Roberts en 2007.
Lo que casi nadie sabe, porque durante décadas tampoco importó demasiado, es que Nancy no tenía una autora en el sentido tradicional. El nombre que figuraba en la portada, “Carolyn Keene”, era un seudónimo colectivo. Detrás había una estructura editorial, el Stratemeyer Syndicate, que diseñaba personajes, definía tramas generales y encargaba los manuscritos a distintas escritoras fantasma siguiendo guías muy precisas. Nancy Drew no fue el fruto de un genio individual, fue una infraestructura cultural que marcó a generaciones.
El modelo del Stratemeyer Syndicate entendió algo muy poderoso: la cultura puede producirse colectivamente y escalar. Al separar concepto, estructura y ejecución, pudieron sostener una serie durante décadas, actualizarla, reescribirla, adaptarla. Nancy sobrevivió porque no pertenecía del todo a nadie. Era flexible, modular, sustituible en términos de autoría, pero estable en términos de marca.
Las escritoras que dieron forma a su carácter, como Mildred Wirt Benson, responsable de muchos de los primeros volúmenes y de la Nancy más audaz y directa, permanecieron invisibles. Las decisiones sobre el tono del personaje, sus valores o su evolución respondían a criterios comerciales centralizados. En los años cincuenta, por ejemplo, el carácter más insolente y autónomo de Nancy fue suavizado para adaptarse a sensibilidades más conservadoras. No fue una conversación cultural. Fue una decisión editorial.
Esta historia ilumina la reflexión que vengo aterrizando en mi última serie de posts: la tensión entre ego y estructura, entre protagonismo individual y arquitectura colectiva. Nancy Drew encarna una paradoja fascinante: es un icono de autonomía femenina construido desde una organización profundamente centralizada y extractiva. Ejemplifica un caso de éxito de creación colectiva, pero también encarna lo poco transformadora que es una estructura de este tipo sin un modelo de gobernanza compartida sosteniéndola.
Otras Nancy Drews son posibles
Hace unos años, Yancey Strickler, cofundador de Kickstarter, propuso el concepto de A-Corp a través de su proyecto Metalabel. La idea parte de una intuición sencilla pero radical: muchas de las obras culturales más relevantes no son fruto de una sola persona, sino de comunidades organizadas en torno a una etiqueta, una label. La diferencia no está en reconocer que la creación es colectiva, sino en cómo se organiza esa colectividad.
Una A-Corp no es exactamente una cooperativa tradicional ni una empresa convencional. Es una estructura diseñada para que un grupo de personas pueda producir cultura de forma conjunta, reconociendo explícitamente la autoría compartida, distribuyendo la gobernanza y evitando que el valor generado sea capturado por una entidad externa o por una única figura central. Cada proyecto se articula como un “drop”, donde se acredita a quienes han participado y donde la comunidad puede tener voz en la dirección del conjunto.
Si el Stratemeyer Syndicate fue una fábrica cultural, la A-Corp aspira a ser un ecosistema cultural.
¿Qué habría ocurrido si en 1930, en lugar de una editorial centralizada, hubiera existido un “Nancy Drew Label” gobernado por sus propias creadoras? ¿Si las decisiones sobre la evolución del personaje hubieran sido deliberadas colectivamente? ¿Si las lectoras más comprometidas hubieran podido participar en la conversación sobre su futuro?
Quizá Nancy habría mantenido intacto su filo feminista original cuando las presiones comerciales intentaron suavizarlo. Con toda probabilidad, las escritoras habrían tenido reconocimiento público y participación en los beneficios. Y la expansión a otros formatos (televisión, cine, videojuegos) habría estado guiada por una comunidad que custodiara su espíritu y no solo por contratos de licencia. La forma en la que organizamos el trabajo moldea profundamente el contenido cultural. La arquitectura importa.
En los posts anteriores de esta serie hablaba de cómo la empatía no es solo una actitud interpersonal, sino una forma de diseñar procesos, de gestionar microconflictos, de construir microgobernanzas que permitan sostener lo común sin que nadie quede invisibilizado. Lo mismo sucede aquí. La empatía, llevada al plano institucional, implica preguntarse quién decide, quién es reconocido, quién captura el valor y quién asume los riesgos.
El modelo industrial clásico resolvía la eficiencia y la escala, pero sacrificaba visibilidad y participación. La economía actual de creadores, por su parte, ha prometido autonomía individual, pero a menudo ha entregado precariedad y dependencia de plataformas. Estamos atrapados entre el individualismo frágil y la corporación extractiva.
Las A-Corps son una de las muchas terceras vías que podemos imaginar y construir. Opciones que permitan abordar los emprendimientos en las industrias creativas y del conocimiento sin eliminar la figura individual, pero situándola dentro de una comunidad estructurada que no convierta cada decisión en una asamblea interminable, pero que apueste por el diseño de mecanismos claros de participación. Sin renunciar a la sostenibilidad económica, pero cuestionando que el único horizonte sea la maximización.
En el terreno del emprendimiento creativo muchas personas sienten que la alternativa al negocio unipersonal es perder autonomía o diluirse en estructuras pesadas. Pero hay zonas intermedias. Arquitecturas híbridas. Formas de organizar lo colectivo que no anulan la identidad, sino que la amplifican.
Si algo nos enseña la historia de Nancy Drew es que una etiqueta puede durar casi un siglo. Lo que decide cómo evoluciona no es el talento aislado, sino la arquitectura que la sostiene. En 1930 esa arquitectura fue industrial y centralizada, en 2026 tenemos la oportunidad de imaginar alternativas.
Con calma.
En mi próxima serie de posts exploro el falso mito de la meritocracia en el emprendimiento y planteo alternativas para resignificar tu propio modelo de éxito y llevarlo a la práctica. Mantente al tanto de su publicación suscribiéndote a La Slow Newsletter.
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