No eres freelance por casualidad

Este texto forma parte de la serie «Emprender con calma siendo freelance: alternativas a la soledad»

En la medida de lo posible trato de utilizar el género neutro. Cuando no es factible, opto por el femenino. Piensa en él como una forma de referirme al sustativo «personas».

Disclaimer para freelancers: este post incluye algunas preguntas incómodas.

Cuando emprendí por primera vez hace más de veinte años no contemplé ni por asomo otra opción que no fuera darme de alta como autónoma. Sin recursos económicos, sin red, con poca formación en emprendimiento y con mucha juventud y ganas, pero poca experiencia profesional y empresarial, lanzarme a la piscina más sola que Willy Byers en la primera temporada de Stranger Things parecía el camino natural. Eso me hizo muy vulnerable en muchas ocasiones más de las que hubiera deseado.

Sé que ni fui una excepción, ni tampoco lo sería hoy si optara por la misma senda. Según el INE, solo en España hay más de tres millones de profesionales dados de alta en el RETA (Régimen Especial de Trabajadores Autónomos). Frente a ellos, encontramos alrededor de un millón de Sociedades Limitadas, muchas de ellas unipersonales, y poco más de veinte mil Sociedades Cooperativas. Esta es un realidad que se repite en otros muchos ecosistemas emprendedores alrededor del mundo.

Primera pregunta incómoda: ¿por qué emprender en soledad es la primera opción?

Muchos de los debates sobre emprendimiento, éxito o innovación parecen quedar lejos de las personas que trabajan por cuenta propia. Como si solo fueran cosas de startups, de empresas grandes, de otros mundos. Pero esos marcos también nos atraviesan a las que decidimos transitar este camino de manera autónoma. Y entenderlos mejor puede ayudarnos a comprender por qué esta opción profesional se nos hace a veces tan cuesta arriba. En definitiva, a abordar nuestros emprendimientos con menos sufrimiento creando marcos de trabajo más saludables y llevando a su máxima expresión esta cosa con la que vengo dando la turra desde hace tantos años: emprender para vivir en lugar de vivir para emprender.

Durante mucho tiempo hemos explicado el trabajo freelance como una suma de decisiones individuales: elegimos ser autónomas, elegimos no depender de nadie y elegimos organizarnos a nuestra manera. Y, sin embargo, hay algo que no termina de cuadrar. Demasiadas personas inteligentes, comprometidas y con ganas de hacer bien su trabajo acaban cansadas y sin red o con una muy vulnerable. Atrapadas en ese relato de «ego» tan tóxico que contamina cualquier opción emprendedora, muchas veces ni siquiera nos damos cuanta de que abrazar esa supuesta autonomía no es una elección plenamente consciente: optamos por avanzar de esta manera como si no hubiera muchas alternativas viables a mano.

Segunda pregunta incómoda: ¿trabajamos solas porque buscamos independencia y nos sentimos capaces y autosuficientes, o porque el modelo desde el qué hemos aprendido a trabajar nos empuja a hacerlo así?

El modelo que no vemos, pero opera

Hemos asumido una narrativa del éxito profundamente marcada por el ego, la autosuficiencia y la desconexión. Un imaginario que se origina en el ecosistema de Silicon Valley, pero que ha terminado expandiéndose mucho más allá del mundo startup.

No hace falta haber pasado por una aceleradora para que ese modelo te atraviese. Basta con haber interiorizado algunas ideas bastante extendidas: que el éxito es individual, que depender de otras personas es una debilidad, que pedir ayuda resta profesionalidad, que cooperar es ineficiente o directamente peligroso.

El emprendedor heroico, capaz de levantarlo todo por sí mismo, se ha convertido en una figura aspiracional. Y aunque muchas personas freelance no se identifiquen con esa épica, sí han heredado su lógica. La de Juan Palomo:“yo me lo guiso, yo me lo como”.

De esta forma, la autosuficiencia se convierte en sinónimo de eficiencia. Cuanto menos dependas de otras personas, mejor. Cuantas menos dudas muestres, más sólida pareces. Cuanta más carga seas capaz de asumir sin pedir apoyo, más “profesional” te vuelves. En ese contexto, trabajar sola no se vive necesariamente como una elección, sino como lo normal. No porque sea lo que más nos conviene, sino porque es lo que encaja con el marco dominante. Lo que no obliga a coordinar, negociar o confiar.

Resolver sola. Decidir sola. Pero también sostener sola, porque la autosuficiencia muta sin apenas darnos cuenta a la desconexión. Desconexión entre profesionales que podrían pensar juntas, pero no lo hacen. Desconexión entre proyectos que podrían colaborar, pero se observan con cautela. Desconexión entre trayectorias que se viven como problemas individuales en lugar de como experiencias compartidas.

Desde ahí, la cooperación empieza a parecer complicada. No porque no sepamos trabajar con otras personas, sino porque el marco desde el que operamos lo desincentiva. Nos ha enseñado a ver lo colectivo como una amenaza a la autonomía, en lugar de como una forma de sostenerla.

Trabajar solas no es neutral

Trabajar solas no es solo una preferencia organizativa, es el resultado de un modelo cultural que glorifica al individuo autosuficiente y deja fuera todo lo que tiene que ver con la interdependencia. Por eso, cuando hablamos de soledad en el trabajo freelance no estamos hablando de carácter, ni de habilidades personales, ni de falta de límites. Estamos hablando de un marco que nos empuja a asumir en solitario lo que nunca estuvo pensado para sostenerse así.

Si el problema no es individual, la salida tampoco puede serlo.

Tercera pregunta incómoda: ¿qué hemos dejado fuera- qué vínculos, qué formas de organización, qué capacidades colectivas- al aceptar como natural un marco que pone la autosuficiencia en el centro, convierte la desconexión en daño colateral y nos vuelve mucho más vulnerables?

En los próximos posts de esta serie exploro precisamente eso: qué otras formas de trabajar, especialmente cuando elegimos emprender solas, podrían empezar a abrirse si revisamos el punto de partida e incluimos pequeños cambios poco a poco, con calma.

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