Pensar el emprendimiento desde la empatía

Este texto forma parte de la serie «Emprender con calma siendo freelance: alternativas a la soledad»

En el post anterior de esta serie hablaba de cómo el trabajo freelance se ha convertido, casi sin darnos cuenta, en una forma “normal” de emprender. Una opción que muchas personas y especialmente muchas mujeres, adoptan no tanto por convicción estratégica, sino porque es la que encaja con sus condiciones materiales, sus trayectorias y las redes de las que disponen.

Cuando ese punto de partida se naturaliza, también se asume de manera orgánica que el trabajo debe sostenerse en solitario y que decidir, resolver y asumir toda la carga sola forma parte del trato. Y es desde ese marco, tan extendido como poco cuestionado, desde donde merece la pena preguntarse qué hemos dejado fuera. Y justo ahí es donde entra la empatía.

Cuando hablamos de empatía en el ámbito profesional implica que en muchas ocasiones te toque asumir el riesgo de ser tachada de buenista. Poner al mismo nivel lo personal y lo profesional, cuidar y exigir que te cuiden se asume como una virtud individual, como algo que algunas personas tienen o practican y otras no. La empatía es tratada como una soft skill, una cualidad blanda, secundaria, poco estratégica.

Así es como se convierte fácilmente en una trampa: algo que se espera de ti, pero que no se sostiene con estructura, con acuerdos ni con corresponsabilidad

Del rasgo individual al principio organizativo

Si sacamos la empatía del plano moral y la llevamos al plano organizativo, el panorama cambia bastante. Entendida desde ahí, la empatía no tiene que ver con ser amable, comprensiva o flexible todo el tiempo. Tiene que ver con cómo se toman las decisiones, cómo se reparte la carga, cómo se escucha y cómo se coordina el trabajo.

La empatía, como principio organizativo, es la capacidad de entender el contexto en el que otras personas trabajan para anticipar impactos, diseñar acuerdos que no carguen sistemáticamente tareas sobre las mismas personas y construir marcos donde la interdependencia no sea una debilidad, sino una ventaja competitiva. La empatía no es una cuestión de personalidad, es una cuestión de diseño.

El modelo emprendedor hegemónico ha despreciado históricamente todo lo que suena a cuidado, vínculo o dependencia dd otros y ha construido su épica sobre la figura del individuo que puede con todo y que avanza sin mirar demasiado a los lados. En ese marco, la empatía aparece como un estorbo: ralentiza, complica, obliga a negociar. Y por eso queda relegada al ámbito de lo privado, de lo informal o de lo invisible. Pero cuando la empatía desaparece como principio organizativo, lo que queda es un reparto desigual de la carga, acumulación de desgaste y una enorme dificultad para sostener el trabajo en el tiempo. Especialmente cuando este trabajo es por cuenta propia.

Freelance no significa aislada

Aquí es donde el reencuadre se vuelve especialmente relevante para el trabajo freelance. Trabajar por tu cuenta no debería implicar necesariamente trabajar en soledad absoluta, tomar todas las decisiones sin contraste o asumir todos los riesgos de forma individual. Esto no es autonomía, es aislamiento.

Recuperar la empatía como principio organizativo no significa “sentir más”, sino pensar mejor cómo nos organizamos, incluso (y sobre todo) cuando no hay una empresa o estructura formal de por medio. Implica preguntarnos cosas como con quién contrastar decisiones, cómo construir apoyos estables aunque sean informales, qué espacios existen para pensar en común y si no los hay, crearlos y qué tipos de acuerdos harían posible no cargar siempre con todo.

Antes de hablar de emprender con socios, de fórmulas jurídicas o de estructuras complejas, hay algo previo: el marco mental desde el que entendemos el trabajo. Si seguimos pensando la empatía como un rasgo individual, acabará recayendo, otra vez, sobre las mismas personas. Si empezamos a pensarla como una forma de organizar, abre la puerta a otras maneras de trabajar que no pasan por hacerlo todo solos o solas.

En el próximo post de esta serie bajo esta idea un poco más a tierra y planteo cómo empezar a encarnar este reencuadre en prácticas pequeñas, imperfectas y realistas, sin épica y sin promesas grandilocuentes.

Con calma.

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