Esta semana participé en la presentación de Ciencia en común, el último libro de Antonio Lafuente. En lugar de una conversación centrada únicamente en el autor, la sesión se planteó como una lectura compartida. Varias personas fuimos comentando los distintos capítulos, abriendo preguntas, resonancias e incomodidades, mientras Antonio iba hilando las intervenciones con esa mirada suya tan generosa, tan lúcida y tan capaz de colocar cada intuición en un mapa más amplio.
Ciencia militante, ciencia activista
Me tocó leer el capítulo 2, dedicado a la ciencia militante, esa ciencia que nace cuando los saberes expertos se encuentran, o se enfrentan, con los saberes locales, los cuerpos afectados, los territorios dañados y las comunidades que se organizan para expresar alto y claro que lo que les pasa pasa también cuenta como conocimiento.
Cuando determinados activismos como por ejemplo los feministas y ecofeministas nombran el trabajo invisible, los cuidados, la precariedad, la sostenibilidad de la vida, la salud mental, la crisis climática o las desigualdades tecnológicas, no están simplemente “opinando” desde fuera del conocimiento legítimo. Están produciendo marcos de interpretación, detectando señales tempranas y formulando preguntas que después, muchas veces, la academia, las instituciones o las empresas tardan años en reconocer.
Leer a Lafuente siempre me ayuda a ordenarme intelectualmente. Antonio es la Marie Kondo de mis intuiciones desordenadas. Hay lecturas que no te descubren algo completamente nuevo, sino que te ayudan a reconocer el valor de algo que ya traías. Te dan lenguaje, genealogía, legitimidad y te permiten mirar hacia atrás y decir, «ah, esto que yo intuía, esto que venía practicando, esto que aparecía en conversaciones, proyectos, comunidades y espacios colectivos, también era conocimiento, también era ciencia».
Enlentecernos para llevar más mundo a las metodologías emprendedoras
Leer Ciencia en común me ha hecho poner en cuarentena esa idea de que el conocimiento válido solo aparece cuando entra en la academia o consiste en reducirlo todo a métricas limpias, dashboards o indicadores aparentemente objetivos. Si algo me interesa del diálogo entre Lafuente y autoras como Donna Haraway es precisamente esa crítica a la objetividad desencarnada, esa mirada que pretende hablar desde ninguna parte. El conocimiento situado no renuncia al rigor, al contrario, exige más responsabilidad. Nos obliga a decir desde dónde miramos, qué cuerpos están implicados, qué intereses operan, qué consecuencias tiene lo que estamos produciendo y qué voces quedan fuera cuando definimos demasiado rápido qué cuenta como evidencia.
La crítica de Lafuente a una ciencia “secuestrada por la epistemología”, una ciencia que se refugia en protocolos, métodos y criterios de validación como si eso bastara para declararse neutral, incluso cuando está profundamente imbricada en sistemas industriales, económicos o políticos, me resuena. Creo que la ciencia se queda cojísima si la forma en la que validamos el conocimiento desplaza por completo otras preguntas igual de importantes como para quién producimos conocimiento, a costa de qué, con quién, desde dónde y con qué efectos sobre la vida común.
Llevado al terreno del emprendimiento, esto también nos interpela. A veces las metodologías de innovación funcionan como pequeñas epistemologías cerradas y convierten aprender en rellenar plantillas, validar en acumular métricas, experimentar en seguir un protocolo y evidenciar en fabricar outputs presentables. El método se come al mundo.
Una parte del trabajo que tenemos por delante consiste justo en lo contrario, en devolver mundo al método. Devolverle cuerpos, contexto, conflicto, incertidumbre, relación y cuidado.
Esa es, para mí, una de las grandes aportaciones de Ciencia en común, recordarnos que la participación no consiste en abrir la puerta para que otros entren en un conocimiento ya producido, sino en reconocer que muchas veces esos otros ya estaban produciendo conocimiento. Solo faltaba que alguien dejara de llamarlo ruido, activismo, intuición, experiencia o molestia y empezara a escucharlo como parte imprescindible de lo que necesitamos saber para vivir mejor.
Por eso cuando Antonio escribe «pensarlo con otros nos llevará más lejos, pero enlentecerá el proceso», la afirmación se convierte automáticamente en mi frase favorita del libro. Enlentecer no como freno, sino como condición de posibilidad. Enlentecer para que entren más voces, más consecuencias, más memoria, más conflicto. Más mundo.
En un tiempo que nos empuja a acelerar casi todo, defender ese enlentecimiento puede ser una forma de resistencia. Y también una forma de rigor. En un momento atravesado por la velocidad casi histriónica de la inteligencia artificial, por la promesa constante de automatizar, optimizar, escalar y acelerar, una de las preguntas más urgentes vuelve a ser una muy básica: ¿para qué? ¿Para qué producimos conocimiento? ¿Para qué hacemos ciencia? ¿Para qué innovamos?