Emprender, o inventarte tu trabajo. Llámalo como quieras.
En las cientos de formaciones sobre emprendimiento que he impartido a lo largo de los años, siempre incluyo una slide que consiste en un texto que ocupa todo el espacio y en el que se lee “haz”. Hacer cosas es, sin lugar a dudas, lo que marca la diferencia; ya no entre un emprendedor que consigue sus objetivos y otro: es la constante que encuentras sistemáticamente en la vida de las personas que, cada una a su manera y bajo sus estándares, han logrado su propio éxito: no esperan que otros hagan por ellos lo que puede acercarles a sus objetivos.
Esta manera de situarte en el mundo es tremendamente útil cuando emprendes. Si estás acostumbrado a hacer, a tomar las riendas del día a día, fluyes mejor con las acciones y actividades necesarias para liderar los procesos que convierten una idea en una solución. Y si no tienes esos hábitos generados, emprendiendo logras incorporarlos. Por eso estar al frente de un proyecto tiene consecuencias tan positivas para las personas, porque en un contexto de policrisis como el nuestro, en el que es fácil caer en la desesperación ante la impotencia de sentir que no puedes hacer nada, el emprendimiento te saca de tu indefensión aprendida.
La “indefensión aprendida” (también, “desesperanza aprendida” o “impotencia aprendida”) es un tecnicismo acuñado por el psicólogo y padre de la psicología positiva Martin Seligman que se refiere a la condición de un ser humano o de un animal no humano que ha «aprendido» a comportarse pasivamente, con la sensación subjetiva de que no tiene la capacidad de hacer nada y que no responde a pesar de que existen oportunidades reales de cambiar la situación aversiva, evitando las circunstancias desagradables u obteniendo recompensas positivas. Lo que ocurre es que el turbocapitalismo se aprovecha de esa capacidad y disposición para hacer, y la deforma hasta transformarla en una inercia compulsiva que tiene su máxima expresión en uno de los mantras más asumidos por la narrativa emprendedora que Silicon Valley sigue exportando: “muévete rápido y rompe cosas”.
Sam Altman, CEO de Open AI, organización propietaria de Chat GPT… [SIGUE en «Emprender con calma»]
Sí, lo has adivinado. Este texto es un fragmento del Capítulo Largo Plazo VS Cortoplacismo de mi libro «Emprender con calma», así que es un caramelito para engatusarte y que te animes a leerlo entero 😉
Existen alternativas a esta inercia destructiva y tóxica que plantea la narrativa emprendedora hegemónica, tanto en la dimesión micro de los negocios, como en su dimensión macro. En «Emprender con calma», además de hablar de ellas, te muestro ejemplos de empresas exitosas que ya han optado por estas estrategias. En concreto en este capítulo me enfoco en los casos de Buffer (y cómo recompraron su empresa a sus inversores) y de Zingerman’s Community of Businesses (y cómo proyectan el negocio a 25 años vista).
Y además, te cuento una historia en primera persona, porque yo también sufrí en mis carnes de empresaria las consecuencias de asumir como único marco válido la prisa y el corto plazo y la interpretación torticera que hace de la mirada a largo plazo el modelo de emprendimiento canónico.

Además de en Emprender con calma, puedes ampliar la relfexión sobre lo que acabas de leer recibiendo La Slow Newsletter, un (breve y mínimo) email que envío una vez al mes con reflexiones, recursos, curiosidades y encuentros para tomarse el emprendimiento (y la vida) sin prisa, pero con alma.