IA a 80 horas por semana: sobre la posibilidad de futuro en las ruinas del emprendimiento

Una reflexión sobre la decadencia (y renacimiento) de la actividad emprendedora

Durante años, desde Silicon Valley se miraba con distancia la cultura laboral “9-9-6” de China, trabajar de 9 de la mañana a 9 de la noche, seis días a la semana, como algo ajeno y excesivo. Hoy, en plena euforia por la inteligencia artificial, esa frontera se ha desplazado. Como describe Natasha Mascarenhas en Dealmaker (The Information), muchas startups respaldadas por capital riesgo están llevando los ritmos de trabajo a niveles aún más extremos.

El caso más llamativo es Cognition, una startup de generación de código que, tras adquirir a su rival Windsurf, envió un correo a su nuevo equipo detallando su “estándar de trabajo”:

  • 80 horas semanales.
  • Seis días en la oficina.
  • El séptimo, “al teléfono entre nosotros”.
“No creemos en el equilibrio entre la vida y el trabajo”, escribió en un memo interno su CEO, Scott Wu, pidiendo a los recién llegados que se comprometieran a ese “nivel de intensidad”.

No es un caso aislado. Otras startups de IA, como Mercor o Anysphere, también imponen semanas de siete días. Para algunos inversores, como Sarah Guo, esto no solo es aceptable, sino deseable: “Si esto te ofende, no vas a lograrlo”, comentó sobre el memo de Wu.

Esto, lo sabemos, no es sostenible. Es más de lo mismo. Pura decadencia.

¿Demasiados huevos en la cesta de la IA?

Esta cultura tiene su raíz en cómo opera la industria del capital riesgo. El objetivo último de un fondo es recuperar su dinero lo más rápido posible y multiplicado al máximo. El retorno rápido y elevado implica empujar a las compañías a crecer a velocidades que, para sus equipos, se traducen en desgaste extremo.

Todo esto, combinado con la fiebre inversora en IA está además provocando un fenómeno paralelo: sectores enteros, problemas urgentes y soluciones necesarias están quedando abandonados porque no ofrecen el mismo potencial especulativo. Innovación en energías renovables, salud preventiva, cuidado de mayores, regeneración medioambiental o educación se dejan para “más adelante”. Gran parte de la industria del capital está metiendo todos los huevos en la misma cesta, apostando a que una única tecnología alimente a todo un ecosistema.

Mientras se multiplican las startups que afinan el siguiente modelo generativo, siguen sin financiarse, o muriendo por el camino, proyectos que podrían aportar resiliencia y bienestar reales pero que a ojos del dinero, no representan un negocio con tanto potencial de lucro o simplemente, de poder.

El futuro no está escrito: el porvenir se construye hoy

Este escenario no es inevitable. El futuro se construye con las decisiones que tomamos hoy, y también con las herramientas que usamos para imaginarlo. La ciencia de la prospección de futuros utiliza modelos que ayudan a visualizar caminos alternativos y a actuar de forma más consciente en el presente. Entre ellos, los cuatro arquetipos de futuro de Jim Dator son una referencia habitual. Si lo aplicamos a la industria del capital riesgo, podríamos proyectar cuatro posibles escenarios:

  1. Continuista. AI Hypercapitalism
    Un oligopolio de unas pocas empresas de IA; salidas a bolsa como mecanismo de liquidez para insiders; concentración de capital y jornadas extremas como requisito.
  2. Colapsista. Invierno del VC
    Una crisis sistémica que provoca retirada masiva de capital, caída de startups de alto consumo de caja y supervivencia de modelos más pequeños y locales.
  3. Transformador. Capital ético para el bien común
    Fondos éticos y plataformas comunitarias que priorizan impacto y sostenibilidad, redefiniendo métricas y reconciliando el emprendimiento con el bienestar.
  4. Disruptivo. VC como DAO
    Inversión radicalmente descentralizada a través de DAOs y contratos inteligentes, con gobernanza comunitaria y capital orientado a proyectos validados socialmente.

Estos no son destinos fijos, sino referencias para decidir hacia dónde queremos movernos. Todos son igual de probables (o improbables) dependiendo del marco temporal con el que decidamos trabajar: tal vez el escenario Disruptivo es difícil de imaginar a tres-cuatro años vista, pero si abres la mirada a quince, empieza a ser menos descabellado.

Herramientas de resistencia para el «mientras tanto»

Mientras vamos dando forma colectivamente a ese futuro hay herramientas fundamentales que no podemos (ni debemos) perder de vista:

  • La defensa de la alegría (como una trinchera), el placer, la risa, el ejercicio de lo gustoso frente a los malestares que nos asedian en lo cotidiano, el derecho a parar, a ralentizarnos…, todo es necesario para seguir haciéndonos preguntas, para activar la imaginación, para vislumbrar mejores mundos. Trabajar 80 horas a la semana es, sencillamente, la enésima trampa que nos pone delante de nuestras narices esa minoría que termina beneficiándose con creces del resultado desigual que traen consigo estos sistemas de trabajo-vida.
  • No olvidar que tenemos agencia. Esa es la auténtica esperanza: es posible hacer cosas desde hoy mismo. Da igual el tamaño del impacto, un poco es mejor que nada.
  • Poner el foco en alternativas que ya están sucediendo. No todo ocurre bajo la lógica de la fiebre especulativa. Cada día encuentro alternativas, porque elijo encontrarlos y decido poner ahí mi atención. Hoy leía sobre Slow Ventures y su Creator Fund, un ejemplo que demuestra que es posible invertir de otra forma. Su primera inversión fue en Jonathan Katz-Moses, un creador y empresario que ha construido una comunidad fiel en torno a la carpintería. Slow Ventures invirtió 2 millones de dólares no para forzar un “exit” rápido, sino para fortalecer su comunidad, desarrollar 30 nuevos productos, registrar patentes y colaborar con otros creadores. Lo interesante es que el crecimiento de Katz-Moses no depende de quemar capital en marketing agresivo: gana dinero enseñando a su audiencia a usar sus propios productos, fabricados con criterios de calidad y confianza. Este tipo de inversión apuesta por el largo plazo, por la coherencia entre valores y modelo de negocio y por la creación de valor compartido.

Este modelo no busca exprimir proyectos para buscar el exit rápido; acompaña para crear valor sostenido y no solo financia empresas, sino que fortalece ecosistemas y demuestra que hay otras formas de poner capital a trabajar sin caer en el “capitalismo de rescate».

Frente al capitalismo de rescate, imaginación y conexión radical

La antropóloga Anna Tsing, en La seta del fin del mundo, describe el capitalismo de rescate como aquel que se alimenta de la extracción de valor en contextos de crisis o colapso, reconfigurando lo que queda para seguir creciendo. La fiebre actual por la IA tiene mucho de esto: canaliza capital hacia una oportunidad concreta, sin reparar en el agotamiento de quienes la sostienen ni en los vacíos que deja en otros sectores. En lugar de regenerar, el sistema captura y agota los recursos humanos disponibles, del mismo modo que explota territorios o ecosistemas tras un desastre.

Si no queremos que el emprendimiento del futuro se convierta en un terreno exclusivo para quienes acepten jornadas de 80 horas y riesgo de agotamiento crónico, tenemos que abrir el juego a otros modelos de financiación menos desconectados del buen vivir. Esta es precisamente una de las líneas centrales de mi tesis doctoral: investigar y prototipar alternativas de financiación no acumulativas, distribuidas y cooperativas que devuelvan sentido, salud y propósito a la actividad emprendedora.

Esto no es solo un reto financiero, sino un cambio narrativo: ofrecer a quienes quieren emprender con calma, creatividad y sentido un marco en el que puedan hacerlo sin que la presión de las rondas, las métricas de hipercrecimiento o la lógica del “capitalismo de rescate” marquen sus límites.

El futuro del emprendimiento y de las personas que lo hacen posible dependerá de si somos capaces de construir estas vías antes de que la fiebre inversora deje un paisaje arrasado.

Que por donde pasemos crezca la hierba.


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