Desenfocada

Siempre me ha obsesionado el concepto de desenfoque. De joven jugaba con él en fotografías analógicas que revelaba yo misma en el cuarto de la caldera de casa de mis padres. El que convertí en laboratorio con mi primer sueldo precario de curranta en McDonalds. Creo que ya intuía algo que aún no sabía nombrar: que no todo lo auténtico se nos aparece nítido.

Hace unos días, en la expo «Desenfocado» en Caixa Forum en Madrid, me encontré con una pieza de Vincent Dulom de 2024 muy parecida a la imagen que Anna Juvé eligió para la portada de Emprender con calma, precisamente en 2024. Recuerdo resistirme a esa portada y protestar mucho en su día, porque en una primera lectura no me decía nada. Pero me paré a mirarla, le dediqué tiempo y decidí confiar, porque en el fondo me parecía bellísisma.

Aquella intuición estética mutó, como me suele suceder con frecuencia, a propuesta política. Frente a un mundo que nos exige foco, definición, identidad cerrada y resultados concluyentes, el desenfoque puede ser otra cosa: una manera de mirar lo que todavía está emergiendo, una forma de hacer sitio a lo incierto sin convertirlo enseguida en mercancía o eslogan.

Gran parte de mis inquietudes profesionales y académico-investigadoras giran en torno a eso, a legitimar formas desenfocadas de existencia. También económica. Proyectos que aún no son empresa del todo, ni colectivos del todo, ni comunidad del todo, pero que contienen ya otra promesa de situarse en el mundo. No están borrosos, la trampa está en otro lado, en una narrativa y una cultura que solo reconoce lo que puede delimitar rápido.

Larga vida al blur. Qué vivan las no certezas.


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