Hay una diferencia bien grandota entre tener tiempo y poder habitarlo. Seguro que muchas veces has sentido eso de tener una tarde libre por delante y no poder hacer nada con ella porque el cuerpo está exhausto, la cabeza sigue atrapada en mil tareas pendientes y hasta te cuesta volver a armar tu atención, rota en mil pedazos a golpe de reel y multitasking. Tener tiempo no garantiza tener calma.
A la inversa sucede algo parecido. Sin tiempo material, la calma se vuelve inviable. La pobreza de tiempo es una de las formas de precariedad contemporáneas más silenciosas. No solo porque nos impide descansar o disfrutar, sino porque estrecha nuestra relación con el mundo. Nos vuelve personas reactivas, arrebatándonos las pausas necesarias para que algo nos toque de verdad. Sin esos intervalos no hay mucho que pueda habitarse de manera sosegada.
Es en este punto donde el discurso de ir más despacio se vuelve políticamente delicado. Hay quien invierte tres horas al día en ir y volver del trabajo porque no puede acceder a una vivienda cerca de la oficina. Hay quien vive con dos empleos, con deudas, con ansiedad, con criaturas o mayores a cargo, con la atención secuestrada por plataformas diseñadas para interrumpirla. Hay quien no necesita un curso de mindfulness, sino transporte público digno, vivienda accesible, recursos para atender los problemas de salud mental, reparto de cuidados, comunidad y descanso.
La calma necesita de ese margen y pedirla sin cosiderar estas condiciones puede convertirse en una forma de violencia pasivo-agresiva. Empujar desde lo individual a conectar con el presente cuando lo que falta no es conciencia, sino infraestructura es la enésima trampa del turbocapitalismo para alejarnos de la idea de interdependencia y sacarnos así de la práctica de la interconexión.
Por eso me interesa una calma que dialoga con la idea de abundancia que siempre ha atravesado la obra de una de mis pensadoras de referencia, Rebecca Solnit. Su abundancia no es acumulación, ni promesa de tenerlo todo, es una abundancia que puede definirse como «mundo compartido suficiente»: tiempo, vínculo, aire libre y aire limpio, atención, cuidado, confianza, belleza, agencia en el presente para intervenir en el porvenir (que se construye hoy)…, una abundancia que no se mide solo en recursos individuales, sino en condiciones colectivas para vivir de otra manera.
Pero sin suficiencia, incluso la abundancia puede convertirse en acumulación. En Emprender con calma planteo la suficiencia como esa posibilidad de preguntarnos qué es bastante. A veces la suficiencia implica renuncia, pero la mayoría de las veces tiene que ver más con soltar lastres artificiales y artificiosos que en el fondo nunca quisimos o anhelamos. Es sencillamente una manera de proteger lo que queremos sostener.
Calma en el trabajo que te inventas, tu emprendimiento
Esto es importantísimo cuando hablamos de emprendimiento y de trabajo creativo. A menudo se nos pide claridad, visión, foco, autenticidad y conexión con la comunidad, pero todas esas palabras se vacían si no hay condiciones para sostenerlas. No se puede construir vínculo desde la saturación permanente. No se puede escuchar bien desde la urgencia, ni imaginar otro futuro con el sistema nervioso en llamas.
¿Qué estructuras necesitamos para que ir más despacio sea posible al emprender un proyecto? ¿Qué tareas productivas y reproductivas hay que redistribuir? ¿Qué expectativas hay que bajar? ¿Qué hay que no-hacer? ¿Qué transiciones hay que abordar? ¿Qué umbrales hay que traspasar? ¿Qué ritmos hay que proteger? ¿Qué formas de abundancia común necesitamos reconstruir para que la vida emprendedora vuelva a tener tiempo y tempo?
La calma no es solo un estado interior al que se llega con tres respiraciones profundas y los ojos cerrados. Si queremos futuros menos precarios, menos acelerados y menos solitarios, necesitamos dejar de hablar de la calma como si fuera una cualidad personal y empezar a tratarla como una infraestructura común. Y los proyectos emprendedores son espacios de posibilidad infinitos para materializarla, porque desde ahí nos estamos inventando nuestros trabajos, esto es, nuestra forma de estar en el mundo, en definitiva, nuestra vida.
Desde esa intuición estoy activando Calma CoLab, uno de los artefactos de investigación de mi tesis doctoral.
Huyendo de aproximaciones que plantean retiros del mundo desde la estética slow y prometen bienestar individual, aterrizo esta investigación con el afán de acompañar-me y co-prototipar maneras más sostenibles de emprender, organizarnos y trabajar. ¿Qué pasaría si dejáramos de tratar la calma como una actitud individual y empezáramos a diseñarla como una condición colectiva?
Calma CoLab nace para entender cómo se pasa del “yo emprendo” al “qué podemos sostener juntos y juntas con nuestros emprendimientos como palanca». Y sobre todo, para explorar cómo se construyen formas de abundancia que no dependan de no parar, del agotamiento y del frenesí constante.
No necesitamos más metodologías para validar o acelerar proyectos, necesitamos mejores infraestructuras para no rompernos mientras intentamos sostenerlos. Abandonemos ya tanto cansancio.