Me gusta caminar por las cárcavas de Patones, cerca del Pontón de la Oliva, justo en el umbral entre la provincia de Madrid y la de Gudalajara, donde confluyen dos de las grandes regiones geológicas de la península ibérica: la silícea y la calcárea.
Las cárcavas son formaciones que el agua va excavando lentamente sobre la tierra. No aparecen de repente, son el resultado de una erosión persistente, acumulativa, de larguísimo plazo, muchas veces invisible. Hasta que sus huellas se hacen evidentes.





Hay algo que me fascina de las cárcavas: las mismas fuerzas no erosionan todos los terrenos de la misma manera y esa erosión deja al descubierto capas que antes permanecían ocultas. Lo que parecía una superficie uniforme revela su historia geológica, sus materiales, sus fragilidades. Además, son territorios difíciles de transitar, pero no necesariamente estériles, porque enn sus pliegues pueden aparecer pequeños refugios para la fauna, nuevas formas de vida y la vegetación encuentra maneras inesperadas y diversas de sostenerse.
Creo que reconocer las fuerzas que, como las corrientes de agua en el caso de las cárcavas, han modelado nuestras decisiones y nuestros imaginarios sobre el trabajo, el éxito, el dinero o la autonomía podría ayudar a preguntarnos qué posibilidades hemos dejado de imaginar y qué se esconde bajo la superficie de un territorio que podríamos confundir con terreno arrasado si no nos detenemos a observarlo.