Caracoladas

Ayer se cumplió un siglo del nacimiento de Ivan Illich. Filósofo y teólogo catalogado por los amantes de las etiquetas como «anarquista», pero en el fondo y en las formas inclasificable, criticó todo. Todo, todito.

Yo no dejo pasar nunca la oportunidad de colocar su «lógica del caracol» allá donde la vida me lo permite, así que aquí ando reivindicando una las metáforas más universales -a la par que desconocida en espacios donde el turbocapitalismo campa a sus anchas- sobre lo que para este enemigo acérrimo de la velocidad era el modelo perfecto de equilibrio.

Un caracol entre las siemprevivas en el Cerro Mariposa en Valparaíso. Lujo metafórico. Agosto 2026

La lógica del caracol de Illich se resume en tres principios fundamentales:

  • El crecimiento útil. El caracol construye su caparazón añadiendo espirales. Al principio, cada espiral es necesaria para proteger su cuerpo blando a medida que crece. La herramienta (la concha) cumple su función.
  • El umbral de la contraproductividad. Llegado a cierto punto, el caracol debe detener el crecimiento geométrico de su concha. Si añadiera una sola espiral más siguiendo la misma proporción, la concha sería dieciséis veces más pesada. El caracol quedaría aplastado por su propio sistema de protección. Moriría.
  • La geometría de la supervivencia. Para sobrevivir, el caracol altera su lógica de crecimiento: empieza a trazar espirales cada vez más estrechas y hacia adentro, adaptadas a su capacidad de carga. Prioriza la proporción sobre el tamaño.

Ahí te lo dejo, por si hoy (por lo que sea) necesitabas permiso para dejar de añadir otra espiral a tu vida, a tu trabajo, a tu emprendimiento.

Abandonemos YA tanto cansancio por aplastamiento.


En la sección Liminalidades de mi blog (en la que se incluye este texto que acabas de leer) escribo sobre lo no-público, aunque lo publique. Sobre cosas que no tienen nada que ver y tienen mucho que ver con mi vida profesional. Escribo solo para disfrutarme haciendo una de las cosas que más me gustan del mundo mundial: escribir sin pensar en quién me lee, pero escribiendo para que me lean. Y así, desde ese no-lugar, desde el umbral, acaricio el buen escribir (que es una de las muchas encarnaciones del buen vivir) con la punta de los dedos.

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