Señoras y bolsas

Cuando todo era alegría y sensualidad en los albores de la Web 2.0 y Facebook no era el antro de podredumbre que es hoy, cayeron unas buenas risas gracias a aquella página de “Señoras con bolsas en la cabeza”. De este asunto hace la friolera de 17 años porque efectivmente, tú y yo somos más viejas que un bosque. 

Cuánto echo de menos aquellas redes sociales, copón.

A este recuerdo entrañable llegué de manera inesperada ayer mismo releyendo “La teoría de la bolsa de la ficción” de mi i-do-la-tra-dí-si-ma Ursula K Le Guin en una edición fantásticamente traducida al español-argentino por Guadalupe Alfaro y editada bellamente por Rara Avis, que ha caído en mis manos como caen las cosas importantes, por puro azar. Por si le faltaban cosas a esta joyita que se lee -como diría el Che Guevara- en una cagada, viene introducida por un texto bellísimo de Donna Haraway.

Total, que ahora a este librico de menos de un centenar de páginas lo tengo en un altar* 

Volviendo a lo de la bolsa: esta teoría de Diosa Ursula, inspirada en la “Teoría de la bolsa de la evolución humana” de Elizabeth Fisher sostiene que el primer artefacto cultural humano no fue un arma para cazar, sino un recipiente (como una bolsa, una red o una cesta) para recolectar y transportar alimentos. Esta metáfora reorienta la narrativa literaria hacia lo cíclico, el proceso continuo, la conexión social y la vida cotidiana, en lugar de hacia el conflicto épico y lineal protagonizado por un héroe agresivo y/o combativo que utiliza armas duras, rígidas, faliquísimas. 

Este planteamiento para abordar la manera en la que contamos y NOS contamos la historia y las historias, sin duda nos funciona mejor a las señoras (con o sin bolsa en la cabeza). Así lo explica Le Guin:

“Esta teoría (…) me enraiza, personalmente, en la cultura humana como nunca antes me había sentido enraizada. Mientras se explicó la cultura como si hubiera sido originada y elaborada a partir del uso de objetos largos y duros para pinchar, golpear y matar, yo nunca pensé que tuviera o quisiera tener ningún tipo de participación en ella. La sociedad, la civilización de la que hablaban algunos teóricos es evidentemente la suya; ellos la poseían, la doraban; eran humanos, completamente humanos, golpeando, clavando, forzando y matando. Como quería ser humana también, busqué pruebas de que lo era; pero si eso significaba hacer un arma y usarla para matar, entonces evidentemente, yo era extremadamente imperfecta como ser humano, o no lo era en absoluto.

Así es, dijeron ellos. Lo que eres es una mujer. Posiblemente no del todo humana, ciertamente imperfecta. Ahora cállate mientras seguimos contando la Historia del ascenso del Hombre, del Héroe”.

Por eso las historias que escribió ella nos conectan con nosotras mismas. Lo mismito que las de Almudena Grandes, Isabel Allende, Nona Fernández, Gioconda Belli, Layla Martínez, Alana Portero, Angeles Mastretta y tantas y tantas otras. Nos resuenan tan adentro aunque nunca hayamos compartido ni realidades, ni tan siquiera tiempos o espacios con ellas porque nos contienen. Sus relatos son contenedores que nos arropan, redes que nos sostienen, cestas que se nos acomodan suavemente en las caderas.

Leo sobre todo a mujeres porque un día asumí con dolor y duelo que no voy a tener tiempo en esta vida para transitarme todos los libros que me gustaría. Así que las elegí a ellas porque yo ya a estas alturas de la vida necesito que otras me digan que no estoy loca o que lo estoy tanto como ellas. Me las pongo por montera cual bolsa de Carrefour en día lluvioso y así me paseo la vida. En su compañía.

“Señora, qué si quiere bolsa”, escucho a veces.

“Por supuesto”, respondo siempre.

Larga vida a las señoras con bolsa. 


*”The Carrier Bag Theory of Fiction” apareció por primera vez publicada en su colección de ensayos “Dancing at the Edge of the World” (1989).

En la sección Liminalidades de mi blog (en la que se incluye este texto que acabas de leer) escribo sobre lo no-público, aunque lo publique. Sobre cosas que no tienen nada que ver y tienen mucho que ver con mi vida profesional. Escribo solo para disfrutarme haciendo una de las cosas que más me gustan del mundio mundial: escribir sin pensar en quién me lee, pero escribiendo para que me lean. Y así, desde ese no-lugar, desde el umbral, acaricio el buen vivir con la punta de los dedos.

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