Me gusta caminar por las cárcavas de Patones, cerca del Pontón de la Oliva, justo en el umbral entre la provincia de Madrid y la de Guadalajara, donde confluyen dos de las grandes regiones geológicas de la península ibérica, la silícea y la calcárea.
Las cárcavas son formaciones que el agua va excavando lentamente sobre la tierra. No aparecen de repente, son el resultado de una erosión persistente y acumulativa, de larguísimo plazo.





Lo que me fascina de las cárcavas es que las mismas fuerzas no erosionan todo el terreno de la misma manera y ese desgaste deja al descubierto capas que antes permanecían ocultas. Lo que parecía una superficie uniforme revela su historia geológica con sus materiales y sus fragilidades. Estos territorios difíciles de transitar no son estériles, porque en sus pliegues pueden aparecer pequeños refugios para la fauna y la vegetación encuentra maneras inesperadas y diversas de sostenerse.
Creo que reconocer las fuerzas que, como las corrientes de agua en el caso de las cárcavas, han modelado nuestras decisiones y nuestros imaginarios sobre el trabajo o el éxito, podría ayudarnos a entender qué posibilidades hemos dejado de imaginar y qué se esconde bajo la superficie de un territorio-cuerpo- contexto que podríamos confundir con terreno arrasado si no nos detenemos a observarlo con calma.
Observando las cárcavas, inevitablemente pienso en La seta del fin del mundo, donde su autora, la antropóloga Anna Tsing nos recuerda que la supervivencia en territorios alterados nunca es una empresa individual, sino una historia de encuentros y dependencias. Las cárcavas funcionan como metáfora de todo ello, porque incluso en los territorios más erosionados la vida encuentra maneras de sostenerse y casi siempre a base de colaboraciones. Como afirma Tsing, los márgenes no son espacios vacíos, sino lugares donde pueden ensayarse otras formas de existencia.
¿Y si imaginar un futuro distinto empezase por reconocer la vida que ya está creciendo entre las grietas?