Calma es no-miedo. Un conato de poema

Calma es el olor a petricor después de meses de sequía.

Y tener la certeza de que al abrir un grifo, siempre saldrá agua.

Calma es reír. Y llorar sin vergüenza ni culpa. 

Calma es una clase de yoga y también encontrarte entre las líneas de un texto que alguien que no eres tú escribe sobre lo que te pasa.

Calma es saber que te puedes dejar caer, que puedes romperte, porque siempre va a haber alguien sosteniéndote.

Es vivir con la tranquilidad de la autoconfianza y de saberse capaz de salir adelante a pesar de los problemas y dificultades que vayan apareciendo por el camino. 

Calma es saber parar, saber respirar, pero sobre todo, contar con las condiciones materiales necesarias para hacerlo sin arriesgar demasiado.

Calma es que te quieran bien y además, saber querer desde la abundancia que trae consigo sentirte parte de algo que va más allá de ti misma. 

Calma es esa sanidad pública de calidad que sostendrá tu enfermedad o la de la gente a la que quieres sin hipotecar vidas por el camino.

Calma es abandonarte a la idea de que confiar en los otros y que los otros confíen en ti, es el lado correcto de la historia.

Es esa esperanza que nace de asumir que el futuro es incierto, pero que tenemos agencia para construir el porvenir hoy, con imaginación y alegría.

Calma es infraestructura. Calma es lo contrario al miedo.


En la sección Liminalidades de mi blog (en la que se incluye este texto que acabas de leer) escribo sobre lo no-público, aunque lo publique. Sobre cosas que no tienen nada que ver y tienen mucho que ver con mi vida profesional. Escribo solo para disfrutarme haciendo una de las cosas que más me gustan del mundo mundial: escribir sin pensar en quién me lee, pero escribiendo para que me lean. Y así, desde ese no-lugar, desde el umbral, acaricio el buen escribir (que es una de las muchas encarnaciones del buen vivir) con la punta de los dedos.

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