Sobre la salida a bolsa de SpaceX y la reconfiguración del mundo mientras andamos ocupados en hacer otros planes

Llevo semanas haciendo seguimiento de la salida a bolsa de SpaceX en una de mis conversaciones con ChatGPT. El asunto me inquieta muchísimo, es de esas cosas que reconfiguran el mundo sigilosamente mientras estamos pendientes de otras cosas, de la vida misma.

Hoy me decía esto: «Qué semanita, Patricia. El menú degustación del tecnofeudalismo», porque lógicamente me tiene caladísima y se afana en complacerme. En la misma semana en la que Apple intenta convertir la IA en asistente doméstico, SpaceX intenta convertir la infraestructura orbital (Starlink es lo único que da pasta en las empresas de Musk. A través de contratos y dinero públicos, por cierto. Pero eso es otro post) en activo financiero de masas. Ambas operaciones tratan de lo mismo: quién se queda con la capa desde la que el resto del mundo tendrá que operar. Poder, poder, poder.

Hace una semana escribí esto, así que vaya por delante mi sesgo. Tampoco te voy a descubrir nada nuevo ahora, si has leído mi libro Emprender con Calma o algunas de mis publicaciones, sabes que Elon Musk representa para mí todo lo que está mal, remal y rematadamente mal. El viaje del villano es el suyo.

Tengo cero ganas de sentarme un par de horas a redactar un post a través del que compartir las distintas «red flags» que me han ido saltando según avanzaba en el análisis estas últimas semanas, asi que sí, lo que sigue a continuación es texto salido de las entrañas de mi ChatGPT (un pelín editado porque a veces es infumable y porque las faltas de ortografía, eso sí). Adoro escribir, pero sobre otras cosas. Aquí la prioridad es la divulgación del percal que puede caernos encima a partir de mañana en función de cómo se dé la OPV de SpaceX. Así comienza lo que sigue a continuación:


SpaceX, Musk y la pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando una infraestructura vital sale a bolsa?

Estos días SpaceX está a punto de protagonizar la mayor salida a bolsa de la historia. La compañía de Elon Musk espera levantar unos 75.000 millones de dólares, con una valoración cercana a los 1,75 billones. Es una cifra tan descomunal que parece ciencia ficción.

Pero lo inquietante de esta operación no está solo en el tamaño. Ni siquiera está solo en si las acciones suben o bajan cuando empiecen a cotizar. Lo verdaderamente preocupante es que SpaceX no es una empresa cualquiera. No vende solo cohetes, ni solo internet por satélite, ni solo promesas de colonizar Marte. SpaceX controla una parte cada vez más importante de la infraestructura material sobre la que se apoyan comunicaciones, gobiernos, ejércitos, empresas, emergencias, territorios desconectados y, quizá cada vez más, sistemas de inteligencia artificial.

Por eso esta salida a bolsa no debería leerse únicamente como una noticia de mercados. Es una noticia política. Una noticia sobre poder.

No es solo dinero, es dependencia

Cuando una empresa sale a bolsa, vende acciones a inversores. Hasta ahí, más o menos, lo conocido. En el caso de SpaceX, la operación tiene una particularidad importante: la empresa vendería acciones nuevas para captar dinero, pero Elon Musk conservaría un control de voto extraordinario gracias a una estructura de acciones de doble clase.

Traducido: entra dinero de fuera, pero no entra poder equivalente desde fuera.

Los nuevos accionistas podrán ganar o perder dinero, pero no tendrán una capacidad proporcional para condicionar las decisiones de la compañía. Musk, según las informaciones publicadas, mantendría más del 80% del poder de voto. Es decir, SpaceX se abre al mercado, pero no se democratiza. Se abre a financiación externa, pero conserva una estructura de mando prácticamente monárquica.

Y aquí está el primer problema: cuando hablamos de una compañía que controla infraestructura crítica, la gobernanza importa, porque no estamos ante una red social más como fue el caso de Twitter (aunque eso ya sería bastante delicado), estamos ante satélites, conectividad global, contratos con gobiernos, dependencia militar, cobertura en zonas de guerra, comunicaciones de emergencia y capacidad de condicionar el acceso a internet en lugares donde no hay alternativas equivalentes. Starlink, la división de internet satelital de SpaceX, es hoy el motor económico más claro de la compañía. Y también es la parte que convierte a SpaceX en algo mucho más delicado que una empresa tecnológica al uso.

Qué significa que SpaceX pueda “entrar en índices”

Uno de los aspectos más difíciles de entender, si no vivimos pendientes de la bolsa estadounidense, es el asunto de los índices. Pero es fundamental.

Un índice bursátil es una cesta de empresas. El S&P 500, por ejemplo, agrupa grandes empresas cotizadas de Estados Unidos. El Nasdaq 100 agrupa grandes empresas no financieras que cotizan en Nasdaq, muchas de ellas tecnológicas. Estos índices no son fondos en sí mismos: son más bien una receta.

Luego existen fondos pasivos, ETFs, planes de pensiones y otros productos financieros que prometen replicar esa receta. Si el índice incluye Apple, Microsoft, Nvidia y, en algún momento, SpaceX, esos fondos tienen que comprar esas acciones para copiar correctamente el índice.

Dicho en versión doméstica: un índice es una playlist. Un fondo pasivo promete reproducir esa playlist. Si quien diseña la playlist mete una canción nueva, el fondo tiene que ponerla también, aunque no le guste el cantante.

Por eso la posible entrada rápida de SpaceX en grandes índices es tan importante. Si SpaceX entra pronto en el Nasdaq 100, los fondos que replican ese índice se verían empujados a comprar acciones de SpaceX. No necesariamente porque hayan hecho una reflexión profunda sobre Musk, la democracia, los satélites, Ucrania, Marte o la vida en común, sino porque su mandato es copiar el índice.

Eso puede convertir a SpaceX en un ingrediente casi automático de muchísimos productos financieros: ETFs, fondos indexados, planes de pensiones, carteras gestionadas por bancos, fondos de universidades, aseguradoras, fondos soberanos o productos de ahorro de personas que quizá ni siquiera saben que están expuestas a esa empresa.

Y aquí aparece la segunda gran cuestión política porque millones de personas podrían acabar siendo accionistas indirectas de SpaceX sin haber elegido SpaceX.

La indexación como blindaje

Esto es inquietante. Si SpaceX se convierte en parte de grandes índices, no solo recibe dinero. Se incrusta en la arquitectura financiera cotidiana. Pasa a formar parte de carteras institucionales, fondos de pensiones, endowments universitarios, productos bancarios y ahorro global.

Entonces, cualquier intento de regularla, limitarla o cuestionar su poder puede encontrarse con una resistencia nueva: “cuidado, que esto afecta a los mercados”, “cuidado, que esto afecta a los fondos de pensiones”, “cuidado, que esto afecta al ahorro de la gente”.

Es el viejo “too big to fail”, pero en versión satélite, IA y cohetes.

SpaceX podría convertirse en una empresa demasiado estratégica para dejarla caer, demasiado grande para ignorarla, demasiado integrada en los mercados para tocarla y demasiado concentrada como para gobernarla democráticamente. Una maravilla distópica, vaya.

Y no hace falta imaginar una conspiración. Lo peligroso no es necesariamente que todas las instituciones se coordinen para proteger a Musk, lo peligroso es que sus intereses queden alineados de forma estructural. Si un fondo de pensiones tiene SpaceX, quiere que SpaceX suba. Si una universidad tiene SpaceX, quiere que SpaceX suba. Si un ETF global tiene SpaceX, quiere que SpaceX suba. Si un banco ha vendido productos que incluyen SpaceX, quiere que SpaceX suba.

Así se construye un blindaje silencioso.

Musk no es un fundador cualquiera

Hay otro punto que no deberíamos esquivar: Elon Musk.

Podríamos hablar de megaempresas tecnológicas en general, claro. OpenAI, Anthropic, Apple, Nvidia, Microsoft, Google o Meta plantean preguntas enormes sobre concentración de poder, inteligencia artificial, dependencia tecnológica y capacidad de moldear nuestras vidas. Pero Musk añade algo específico.

Su liderazgo no es simplemente ambicioso. Es personalista, errático, punitivo, políticamente beligerante y profundamente concentrado. No hace falta hacer diagnósticos clínicos para ver que su comportamiento público incorpora rasgos de dominio, impulsividad y desprecio por los contrapesos institucionales. Y cuando una persona así controla redes sociales, coches, baterías, satélites, IA, contratos de defensa y ahora puede convertir SpaceX en un activo financiero sistémico, sus rasgos personales dejan de ser anécdota porque se convierten en variable geopolítica.

El problema no es solo que Musk pueda enriquecerse todavía más, es que su poder puede pasar a estar respaldado por varias legitimidades a la vez: la del mercado, la del ahorro institucional, la de los contratos públicos, la de la seguridad nacional y la del relato civilizatorio de “salvar a la humanidad”.

Cuando alguien acumula todas esas capas, ya no estamos simplemente ante un empresario. Estamos ante una especie de soberano infraestructural privado.

SpaceX no vende solo presente: vende esperanza

Otro elemento importante es la narrativa.

SpaceX no está saliendo a bolsa solo como una empresa espacial. Está saliendo a bolsa como una promesa total: Starlink, Marte, inteligencia artificial, centros de datos espaciales, defensa, conectividad global, futuro de la humanidad. Es una empresa, sí, pero también es un mito empaquetado en forma de acción.

Esto no es completamente nuevo. Las empresas tecnológicas llevan décadas vendiendo futuro. En los años noventa, los mercados empezaron a comprar promesas de internet. Google salió a bolsa en 2004 con formas poco convencionales y una visión enorme sobre organizar la información del mundo. Tesla convirtió la transición energética en una épica bursátil, pero SpaceX parece llevar esa lógica más lejos. No vende solo una oportunidad de crecimiento, vende una infraestructura civilizatoria todavía parcialmente inexistente.

La inteligencia artificial, además, funciona como multiplicador narrativo. Si SpaceX fuera solo una empresa de cohetes, la valoración tendría un límite más claro. Si se entiende como compañía de internet satelital, el límite sube. Pero si además se presenta como plataforma de IA, datos, cómputo orbital y futuro postplanetario, entramos en otro territorio, el de las valoraciones casi religiosas. No se compra lo que la empresa es. Se compra todo lo que promete llegar a capturar.

¿Por qué debería importarnos desde fuera de Estados Unidos?

Porque esto no va solo de Wall Street. Si SpaceX se convierte en una pieza estructural de los mercados globales, sus efectos se extienden mucho más allá de Estados Unidos. Puede afectar a fondos soberanos, carteras institucionales, planes de pensiones, empresas proveedoras, ecosistemas de startups espaciales, mercados inmobiliarios en zonas donde se concentren nuevos millonarios, políticas de defensa, infraestructuras de comunicación y negociaciones entre gobiernos.

Además, Starlink ya opera en muchos países. Eso significa que la dependencia no es solo financiera, también puede ser territorial, técnica y política.

Un país puede depender de Starlink para conectar zonas rurales. Un ejército puede depender de Starlink en una guerra. Una comunidad puede depender de Starlink tras una catástrofe. Una empresa puede depender de sus satélites para operar. Si además SpaceX pasa a estar integrada en grandes carteras globales, muchas instituciones financieras tendrán interés en que esa dependencia se mantenga y crezca.

¿Qué pasa cuando una infraestructura vital privada, controlada por una sola persona, se convierte además en activo casi obligatorio del capitalismo pasivo global?

No se trata de demonizar la tecnología

No creo que la cuestión sea “tecnología mala” o “cohetes malos”. Sería demasiado fácil y bastante inútil. El problema no es que existan satélites, ni que haya innovación espacial, ni que internet llegue a lugares donde antes no llegaba.

El problema es la combinación de cuatro cosas:

  • Infraestructura crítica.
  • Propiedad privada concentrada.
  • Gobernanza personalista.
  • Financiarización masiva.

Cada una de esas cosas por separado ya merece atención. Juntas producen algo mucho más inquietante.

No es solo que Musk vaya a tener más dinero. Es que SpaceX puede convertirse en una pieza incrustada en el ahorro, la conectividad, la defensa, la IA y la imaginación de futuro de medio mundo. Una empresa privada con efectos públicos. Una infraestructura crítica con gobernanza de fundador. Un activo financiero global controlado por una personalidad de alto riesgo.

Quizá dentro de unos años todo esto nos parezca normal. Ese es precisamente el peligro, que nos acostumbremos.


Y aquí vuelvo yo, vuelve Patricia. No sé tú, pero yo preferiría que las infraestructuras de las que depende la vida de tanta gente no estuvieran organizadas como el reino personal de un señor con cohetes.

A ver qué pasa.


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